Ella se llama Cecilia (Cecilia dice siempre lo que piensa…) y es tumbesina, él se llama Patrice y es francés. Ellos se conocieron en Máncora cuando ella era mesera del aquel restaurante y él un simple turista. Se enamoraron, él la convenció y ella convenció a sus padres. Se fueron a vivir a Iquitos y pusieron un albergue, él le dio todo su dinero a un constructor para que hiciera el albergue más bello de todo el paraíso, pero el constructor se fugó con los ahorros de su vida. Lo denunciaron pero ya saben como son estas cosas. Luego él tuvo que regresar a Francia para trabajar como mecánico y volver a juntar dinero, ella se quedó sola en el albergue esperando por él por casi un año. El volvió con más dinero pero ahora ya no se lo da a nadie, día a día se levanta y construye con sus propias manos, esa es la razón de su vida. Ella pasa los días mirándolo soñar. Por la mañana se levanta con el sol en el rostro, se va a Belén a comprar café y papaya para el desayuno, vuelve y prepara el almuerzo, de postre se come un helado de aguaje y se tumba en la hamaca a esperar que caiga la tarde, recibe a los huespedes que vienen de todo el mundo, habla con ellos, los escucha, les cuenta historias. Por la noche ambos salen a caminar por el malecón, conversan, observan, contemplan, siempre de la mano. Yo un día le pregunté si a ella le gustaría cambiar su vida por la mía…ella me miró y me dijo “si quieres te puedo regalar una hamaca”. Ya por lo menos eso tengo.
